El secreto de las aguas frescas
Entre gigantes vitroleros llenos de colores, se esconde la historia de un niño de ocho años que jugaba a adivinar los sabores de esas deliciosas y tradicionales aguas frescas mexicanas…
Aguas frescas
Pintura Armando Ahuatzi. Fotografía de María Elizalde.

Hoy me levanté temprano, y a lo lejos, escuché a mi mamá, ella preparaba el desayuno con cautela, para no despertar a nadie en la casa. Siempre hacía lo mismo los fines de semana, en especial el domingo.

Me levanté de la cama y fui a verla; saludé como de costumbre diciendo buenos días. Ella sonrió, me dio un beso en la mejilla y con una voz tenue me comentó: Voy a ir a mercado a comprar ¿Me acompañas…? Yo emocionado le dije que sí, me sentía triunfante, ya que mi mamá solo dejaba que uno de sus tres hijos la acompañara, y que, por lo regular, era el hijo madrugador (en este caso fui yo).

Siempre supe que quien acompañaba a mamá en esos viajes tediosos, donde dábamos vueltas una y otra vez en el mercado escogiendo lo mejor, ganaba un premio secreto. Ella haciendo el enorme recorrido en aquel lugar lleno de colores, olores y formas, compraba algo para quien se animaba a cargar las bolsas del mandado.

Ese día, cuando llegamos al mercado local de mi pequeña ciudad en Guerrero, lo primero que siempre veía era un espacio gigante antes de subir las escaleras, con enormes vasos de vidrio (vitroleras) de colores. Había muchos de ellos, rojos, amarillos, naranjas, verdes, blancos, cafés. Me quedaba atónito y con curiosidad por adivinar ese día, de qué sabores eran aquellas a las que mi mamá les llamaba aguas frescas.

Frutas
Foto de Jonas Kakaroto en Unsplash

No sé desde qué edad ya sabía inconscientemente lo que contenían esos vasos grandes. Imagino que lo relacionaba al hecho de que mi mamá, la mayoría de los domingos, llegaba con un par de bolsas llenas de esa agua de colores, a lo que siempre decía: “Traje aguas frescas ¿Adivinen de qué sabor son? “. Por lo que, el almuerzo del domingo se tornaba siempre en un juego. Entre mis hermanos y yo intentábamos adivinar el sabor de aquellas aguas coloridas. Algunas veces eran muy dulces, otras ácidas y algunas otras tenían sabores extraños, ajenos a lo que nuestra boca podía percibir y a lo que nuestra mente podía adivinar.

Estando ese día, frente al puesto de aguas frescas, pasé varios minutos observando la hilera infinita de aquellos vasos, de las vitroleras. Dentro de ellas, líquidos de colores con grandes bloques de hielos eran movidas con un cucharón, algunas de ellas contenían pedazos de fruta, lo que me ayudaba a descifrar el sabor. Con movimientos circulares las señoras dentro del puesto gritaban una y otra vez ¡Aguas frescas, aguas frescas, llévese un agua fresca!

Mi mamá, se quedaba esperando unos minutos a lado de mí para no interrumpir ese momento de asombro, ya que, casi siempre, los días que la acompañaba solía hacer lo mismo frente al oasis de aguas de colores.

Seguimos nuestro recorrido dentro del mercado, la habitual, por lo que todas las veces pasábamos por los mismos lugares en el mismo orden, comprando frutas, verduras, carnes y pan dulce, por lo que ese día no fue la excepción. Al término de las compras y cargando aquellas bolsas pesadas, mi mamá me preguntó si quería algo, a lo que yo respondí que sí, que quería aguas frescas. Me sentía afortunado y privilegiado de ser yo quien escogiera los sabores, sabía que mis hermanos iban a tener que aguantarse las ganas de tener su sabor favorito, lo que me ocasionaba una felicidad enorme -ya saben que a veces, nos gusta molestar a nuestros hermanos cuando somos pequeños-.

Aguas frescas
Foto de Mik en Flickr

Llegando al puesto, mi mamá sonriendo me preguntó sobre el sabor quería -imagina preguntarle eso a un niño de ocho años, claro que no sabía de qué sabor, era una difícil decisión-. Volteé a verla emocionado y repetitivamente comencé a preguntar acerca de los sabores a la señora de las aguas. Piña, melón, sandía, papaya, limón con chía, pepino con hierbabuena, fresa, coco, horchata, jamaica, tamarindo, chicozapote, nanche, mango… eran algunos de los sabores de aquel día.

Demore un tiempo en decidir los dos sabores ganadores, sandía y mango, fueron los finalistas. La señora, con un suspiro y paciencia, sirvió aquellas frescuras en bolsas, pintándolas de rojo y amarillo.. Mi mamá pagó por aquellos dos litros de emoción y antojo, cargamos las bolsas y nos retiramos de aquel llamativo lugar.

Estando en casa, no aguantaba las ganas de compartir con mis hermanos el sabor que tocaba hoy adivinar. Mi mamá, vació dentro de dos jarras diferentes de color traslucido las aguas frescas, agregó un poco de agua natural en cada una de ellas, colocó unos hielos y las dejó en la mesa. Siempre me pregunté porqué ella agregaba agua. Algunas veces solía decirnos que lo hacía porque eran muy dulces.

En la mesa, ya con el almuerzo listo, comenzamos a disfrutar la comida. Mis hermanos, entre ellos, discutían el sabor de las aguas frescas, mientras que yo, sonriendo del otro lado de la mesa, disfrutaba aquella guerra de razones.

Agua de naranja
Foto de MiraCosic en Pixabay
Al final, descubrí que el secreto de aquellas coloridas aguas radicaba en la alegría de sus colores, la frescura de sus sabores, la magia de cada historia y la controversial incógnita que generaba en mí y mi familia ver aquellos vitroleros llenos de los refrescantes líquido cada que parábamos frente a un puesto de aguas frescas.

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    Gastrónoma de profesión y sibarita empedernida por decisión. He escrito mis vivencias en torno a la comida en diferentes medios especializados de gastronomía por más de diez años y confieso que ¡me ha encantado!

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